
En District nine las cosas cambian para que todo siga igual: Humanos contra extraterrestres, con pretensiones de falso documental tan falaces que se dan en la torre a sí mismas, encerradas en los márgenes del peor y más patético de los géneros en que puede terminar una película mala: el melodrama más manipulador, musicalizado con la peor y más melosa de las músicas.
Y ya.

Nos atrevemos, apasionadamente, a afirmar que TODOS SOMOS Mark Whitacre, y a todos nos gustaría matarnos si nos conociéramos en persona, pues nos resultaríamos insoportables.
Aunque carente de inventiva y sobrada de arte (en una desmedida recreación de la segunda mitad de la década del 90, que más parece el periodo transitorio entre 1979 y 1980, a pesar de los ladrillofonos celulares), la película reconstruye a un antihéroe lo mismo entrañable que cuestionable que increíble, en un contexto de coprotagonistas y antagonistas cuyas acciones y reacciones convienen más para la "identificación con el espectador", sin que alcance.
Ignorancia, corrupción en un toma y daca infinito. Un cast perfecto, dirigido para contenerse y mantenerse en solemnidad de principio a fin. Una fotografía que busca la época en sus formas de representación, más que en el lucimiento del decorado. Un guión estructurado de forma cronológica y muy narrativa, en la superficie, pero cargado de rupturas en relación al clasicismo en la organización de los personajes.
Padre, padre. Desde el póster hasta los créditos.